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martes, 23 de agosto de 2016

03:33



Conocida como “La Hora del muerto”, este suceso ha dejado boquiabiertos a muchos, incluyendo científicos, escépticos, amantes de lo paranormal y psicólogos. 

¿Qué pasa a las 3:33 AM? 

Muchas son las personas que afirman sentir presencias extrañas mientras duermen, acompañadas de sentimientos como miedo y temor; además de que muchos de ellos también afirman que a esta hora es cuando sufren el fenómeno llamando “parálisis del sueño” o que se les “sube el muerto”. 
Amityville






domingo, 21 de agosto de 2016

Están solos.

Los ateos saben y los religiosos creen.

Los ateos descartan y los religiosos defienden ingenuamente la existencia de cuanto ser ficticio se les ofreció como real durante su más tierna infancia, cuando su razón y su lógica aún no habían germinado por completo.
Los ateos sencillamente desaprueban la existencia de cualquier criatura cuya existencia no pueda ser explicada a través de la ciencia, y los religiosos, sin descaro ni evidencia alguna, dividen a estos mismos entes en buenos y malos.
Los ateos afirman que el bien y el mal son características netamente humanas, y los religiosos vociferan en tono triunfante que dioses «bondadosos» y caritativos se encargan de protegerlos de los demonios malintencionados que los acechan constantemente.



Pero… ¿qué sucedería si ni los ateos ni los religiosos tienen la razón, o más bien, si ambos la tienen? ¿Qué sentirías si te dijera que los ateos se equivocan y existen entidades sobrenaturales capaces de hacer mucho daño a los humanos, pero que a su vez, los religiosos también erran, al asegurar que existe un dios capaz de ayudarlos y protegerlos contra estos? ¿Te agradaría saber que ni los rezos ni los objetos bendecidos por un charlatán pueden ayudarte en caso de que seas víctima de uno de estos seres diabólicos? Pero subamos la apuesta aún más, ¿te reirías tanto como yo si te dijera que justo en este momento, una de esas entidades malignas se encuentra justo a tu lado, con su libidinosa sonrisa pegada a tu mejilla? ¿A quién le pedirás ayuda? ¿A un dios benevolente? Seguramente se reirá de ti por hacer esto. ¿Intentarás repelerlo arrojándole agua bendita o con el aroma de una planta que el amigo del primo de un fulano te dijo que servía para ahuyentar a los espíritus? Tal vez sienta lástima de ti por ser tan ingenuo, pero créeme, no se irá. Están solos; solos tú y él, nadie te puede ayudar y nada se puede hacer ya. Solo te recomiendo que después de leer este humilde mensaje, rías como nunca antes lo has hecho; como el niño inocente que alguna vez fuiste y que lanzaba grandes carcajadas por cualquier clase de estupidez que decía un amigo tuyo. Porque si esa entidad maligna que se encuentra a tu lado, que ahora, con sus filosas garras acaricia tu espalda con delicadeza y ternura en un intento desesperado por contener sus ansias de arrancarte las vestiduras y hacerte mucho más que eso, se llega a enterar de que tú tomaste mis palabras en serio y eres consciente de su existencia, se enojará, y créeme, no quieres verlo enojado porque recuerda, están solos; solos tú y él…


Atrapado en la casa del señor. 

Estoy atrapado dentro del confesionario.



Sudores fríos recorren mi cuerpo y apenas puedo respirar. Noto el horrible hedor putrefacto que proviene del otro lado de la puerta y casi no puedo reprimir las arcadas. Empiezo a marearme, el calor es asfixiante. Le oigo fuera, sus pasos arrastrados resuenan por la pequeña casa de Dios, impasible, insoportable. Choca con los bancos. Gruñidos. El terror se apodera de mí, las manos me tiemblan y respiro cada vez más rápido. De repente se hace el total silencio. Afino el oído, no oigo nada. Mala señal. Sé que sabe que estoy cerca, me huele, me presiente. He de tomar una decisión rápido, o me encontrara y será el fin.


He de matar a mi propio hijo.

Se acerca cada vez más. Le tengo solo a cinco metros de mi posición y se para, mirando hacia mi escondite. Sujeto firmemente el gran crucifijo de metal que cogí como medio de defensa en mi huida desesperada hacia el confesionario. Miro de reojo por los pequeños huecos de la rejilla y deslumbró la tenue luz rojiza de la puerta privada que conduce a las habitaciones de los curas interinos al fondo. Es una puerta de acero reforzado, muy resistente, que además tiene doble cerrojo. Es mi única vía de escape. Debo entrar allí. Las débiles paredes de madera que me rodean no son resistencia para la abominación que desea mi carne y que sigue mirando fijamente hacia el pequeño confesionario, como en estado de shock.
Ahora que lo tengo cerca, le examino más detenidamente y casi se me para el corazón. Tiene toda la cara desgarrada chorreante de sangre. Le veo la mandíbula. Bajo más la mirada y algo le sale del estómago. Dios mío, son sus intestinos colgando. Me tapo rápidamente la boca, noto el vómito saliendo lentamente entre mis dedos y apenas puedo tenerme en pie.




Esa cosa me oye, gime lastimosamente y viene hacia mí. De repente se oye un grito espeluznante que proviene del otro lado de la puerta de acero. El cerrojo se abre y aparece corriendo la Hermana Claudia. Intento advertirla pero las palabras no salen de mi boca y choca directamente contra la abominación. Esta la atrapa mordiéndola el cuello y tirándola al suelo, indefensa. El grito de la Hermana es desgarrador. Por la puerta de acero aparecen varias personas más, arrastrando los pies y con un aspecto similar al de mi hijo. Se unen a él en una orgía de sangre, vísceras y huesos.


Me atraparan, estoy seguro, descubrirán mi escondite y me devoraran como a la Hermana. Solo de pensarlo me tiemblan las piernas. Evalúo la situación. No puedo salir por la puerta principal, está cerrada y la llave ignoro donde está. Quizás la tenga la Hermana o este en los despachos inferiores. Solo me queda una salida, he de adentrarme en el corazón de la Iglesia, cerrar la puerta de acero, y rezar para que no haya más demonios dentro, pues sería mi fin. Caminan lento y melancólicos, pero cuando ven algo que les interesa, son más rápidos de lo que parecen.

Respiro profundamente, tranquilizándome, rezo una plegaria y agarro con firmeza el crucifijo. Salgo corriendo hacia la puerta, sin mirar atrás. Oigo ruidos, gritos, gemidos, la muerte viene hacia mí. Los tengo a pocos metros, las piernas me pesan y tengo la sensación que voy extremadamente lento. Unos pocos pasos más y estaré a salvo. Por la puerta aparece de repente una silueta. Es el Padre Andrés. Le grito pero no me responde. Le falta medio brazo. Es uno de ellos. Bloquea la puerta, y alza el brazo rugiendo hacia mí. Espeluznante. Antes de que me agarre, le empujó hacia un lado con una fuerza que no creía tener. Entro dentro del salón, me doy la vuelta y creo ver a la Hermana levantándose a lo lejos. El Padre sigue en el suelo intentando levantarse, con el brazo extendido hacia mí.


Mi hijo y los otros están ya demasiado cerca a pocos pasos. Cierro la puerta, echo los cerrojos y muevo una mesa apoyándola en la puerta.Me derrumbo oyendo los aporreos en la puerta, los gritos y los gemidos de esas cosas que ya no son humanas. Mi hijo es uno de ellos. Empiezo a llorar amargamente en mi escueta seguridad.
Dios, ¿qué clase de locura es esta que se ha apoderado del pueblo? ¿Cómo has permitido que esto ocurra? ¿Acaso te has cansado de la existencia del hombre, de su avaricia y su maldad, y has decidido levantar a los muertos contra los vivos?

Soy el Padre Carlos y estoy atrapado en la casa del Señor.

¡Un caso de Zombie real!



Muchos lectores quizás han escuchado de alguna manera ésta leyenda urbana, bien sea por la red o en películas de temática de muertos vivientes donde hacen cierto guiño a la historia, pero lo cierto es que se trata de algo muy real que sucedió y se mantuvo en secreto por el Gobierno de los Estados Unidos, algo típico en ellos cuando se trata de algún error cometido o en temas de alienígenas. Tomando en homenaje las palabras introductorias de una gran película de culto de Zombies dónde nombran con detalle lo sucedido, comienzo ésta entrada indicando que todos los sucesos en este texto son reales. Los nombres perteneces a personas y organizaciones verdaderas. 















Lo poco que se sabe y se ha filtrado en red es que el 4 de Julio de 1966, en Pittsburgh, Pensilvania, fue transportado por el ejército de los EEUU varios contenedores sellados de un químico experimental llamado Trioxin-245 que habían sido creados por la ya actualmente desaparecida  empresa química Darrow (Darrow Chemical Company), el cual sería destinado a los cultivos de estupefacientes de las zonas cercanas, a un hospital militar de excombatientes. Su mal manejo al momento de organizarlos trajo como consecuencia una fuga y posterior derrame que se introdujo por las ventilas de aire de los pisos y llego hasta la morgue. Una vez allí y a las pocas horas, los cuerpos que se encontraban guardados se empezaron a mover como si estuvieran vivos, incluso hay rumores que afirman que algunos se levantaron y golpearon las puertas, acompañados de aterradores gemidos y gritos de ultratumba.

Esa noche, miembros del ejército en la zona ingreso a la institución de salud para acabar con la amenaza, ya que no solo se trataba de esos "muertos vivientes" sino que además se reportaron pacientes muy enfermos por la fuga química que murieron a las pocas horas, y luego despertaron como Zombies.




En la madrugada y después de seguir un protocolo de saneamiento, empaque de material de residuos contaminados, cierre total del hospital y quema de pruebas; el ejército llevó los pocos contenedores sellados a Louisville, Kentucky, al establecimiento principal de los suministros médicos Uneeda (Uneeda Medical Supply) en donde su director y dueño llamado Burt Wilson acepto la entrega del coronel Horacio Glover. La orden inicial fue mandarlos a las empresas químicas Darrow pero éstos declinaron para no manchar su nombre por un error del ejército. El ejército desesperado lo escondió en ése lugar mientras buscaban el modo de destruir o deshacerse de los contenedores, pero el tiempo transcurrió y el secreto se mantuvo.

Se dice que aún en la actualidad los siete contenedores restantes se mantienen allí, resguardados y polvorientos con una placa de información que dicta “Propiedad del Ejercito de los EEUU. En caso de emergencia llamar al (800) 454-8000”.