Atrapado en la casa del señor.
Estoy atrapado dentro del confesionario.
Sudores fríos recorren mi cuerpo y apenas puedo respirar. Noto el horrible
hedor putrefacto que proviene del otro lado de la puerta y casi no puedo
reprimir las arcadas. Empiezo a marearme, el calor es asfixiante. Le oigo
fuera, sus pasos arrastrados resuenan por la pequeña casa de Dios, impasible,
insoportable. Choca con los bancos. Gruñidos. El terror se apodera de mí, las
manos me tiemblan y respiro cada vez más rápido. De repente se hace el total
silencio. Afino el oído, no oigo nada. Mala señal. Sé que sabe que estoy cerca,
me huele, me presiente. He de tomar una decisión rápido, o me encontrara y será
el fin.
He de matar a mi propio hijo.
Se acerca cada vez más. Le tengo solo a cinco
metros de mi posición y se para, mirando hacia mi escondite. Sujeto firmemente
el gran crucifijo de metal que cogí como medio de defensa en mi huida
desesperada hacia el confesionario. Miro de reojo por los pequeños huecos
de la rejilla y deslumbró la tenue luz rojiza de la puerta privada
que conduce a las habitaciones de los curas interinos al fondo. Es una puerta
de acero reforzado, muy resistente, que además tiene doble cerrojo. Es mi
única vía de escape. Debo entrar allí. Las débiles paredes de madera que me
rodean no son resistencia para la abominación que desea mi carne y que sigue
mirando fijamente hacia el pequeño confesionario, como en estado de shock.
Ahora que lo tengo cerca, le examino más detenidamente
y casi se me para el corazón. Tiene toda la cara desgarrada chorreante de
sangre. Le veo la mandíbula. Bajo más la mirada y algo le sale del estómago.
Dios mío, son sus intestinos colgando. Me tapo rápidamente la boca, noto el vómito
saliendo lentamente entre mis dedos y apenas puedo tenerme en pie.
Esa cosa me oye, gime lastimosamente y viene hacia mí. De repente se oye un
grito espeluznante que proviene del otro lado de la puerta de acero. El cerrojo
se abre y aparece corriendo la Hermana Claudia. Intento advertirla pero las
palabras no salen de mi boca y choca directamente contra la abominación. Esta
la atrapa mordiéndola el cuello y tirándola al suelo, indefensa. El grito
de la Hermana es desgarrador. Por la puerta de acero aparecen varias personas
más, arrastrando los pies y con un aspecto similar al de mi hijo. Se unen a él
en una orgía de sangre, vísceras y huesos.
Me atraparan, estoy seguro, descubrirán mi escondite y me devoraran como a la Hermana. Solo de pensarlo me tiemblan las piernas. Evalúo la situación. No puedo salir por la puerta principal, está cerrada y la llave ignoro donde está. Quizás la tenga la Hermana o este en los despachos inferiores. Solo me queda una salida, he de adentrarme en el corazón de la Iglesia, cerrar la puerta de acero, y rezar para que no haya más demonios dentro, pues sería mi fin. Caminan lento y melancólicos, pero cuando ven algo que les interesa, son más rápidos de lo que parecen.
Respiro profundamente, tranquilizándome, rezo
una plegaria y agarro con firmeza el crucifijo. Salgo corriendo hacia la
puerta, sin mirar atrás. Oigo ruidos, gritos, gemidos, la muerte viene hacia
mí. Los tengo a pocos metros, las piernas me pesan y tengo la sensación que voy
extremadamente lento. Unos pocos pasos más y estaré a salvo. Por la puerta
aparece de repente una silueta. Es el Padre Andrés. Le grito pero no me
responde. Le falta medio brazo. Es uno de ellos. Bloquea la puerta, y alza
el brazo rugiendo hacia mí. Espeluznante. Antes de que me agarre, le empujó
hacia un lado con una fuerza que no creía tener. Entro dentro del salón, me doy
la vuelta y creo ver a la Hermana levantándose a lo lejos. El Padre sigue en el
suelo intentando levantarse, con el brazo extendido hacia mí.
Mi hijo y los
otros están ya demasiado cerca a pocos pasos. Cierro la puerta, echo los
cerrojos y muevo una mesa apoyándola en la puerta.Me derrumbo oyendo los aporreos en la puerta, los gritos y los gemidos de esas
cosas que ya no son humanas. Mi hijo es uno de ellos. Empiezo a llorar
amargamente en mi escueta seguridad.
Dios, ¿qué clase de locura es esta que se ha
apoderado del pueblo? ¿Cómo has permitido que esto ocurra? ¿Acaso te has
cansado de la existencia del hombre, de su avaricia y su maldad, y has decidido
levantar a los muertos contra los vivos?
Soy
el Padre Carlos y estoy atrapado en la casa del Señor.





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